La COVID-19 pone en peligro de diferentes maneras las vidas de hombres y mujeres

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Fuente: Banco Mundial

En la primavera y el verano de 2020, gran parte del mundo trataba de resguardarse mientras los Gobiernos detenían las actividades de las sociedades y las economías. Millones de familias quedaron confinadas en sus hogares. En todo el mundo, la pandemia de COVID-19 causaba la pérdida de vidas y de los medios de subsistencia. En ese momento, solo teníamos una corazonada sobre cómo la pandemia repercutiría de manera diferente en las personas. Nos preguntábamos: ¿cómo afectará la COVID-19 a la igualdad de género en todo el mundo? ¿Tendrá repercusiones distintas en los hombres y las mujeres? 

Ahora, han pasado 14 meses y, todavía no tenemos todas las respuestas. Pero en un esfuerzo por responder a dichas preguntas y sobre la base de un análisis de nuevos datos realizado por el Banco Mundial (i), las Naciones Unidas y otros organismos, hemos recabado algunas respuestas.

Después de un año del inicio de la pandemia, sabemos que los hombres y las mujeres han vivido la crisis de maneras muy diferentes. Si bien los hombres han tenido más probabilidades de morir a causa de la COVID-19, las mujeres han sufrido mayores pérdidas que los hombres en términos del empleo, los ingresos y la seguridad.  Los datos y las investigaciones que revisamos nos indican disparidades en las diferentes dimensiones de la igualdad de género: en primer lugar, nos permiten saber de la salud y la educación de las personas (“dotaciones”); en segundo lugar, de sus medios de subsistencia y sus ingresos (“oportunidades económicas”) y, en tercer lugar, de la participación y el poder para tomar decisiones (“capacidad de acción”). Y nos muestran la experiencia económica y doméstica desigual para hombres y mujeres durante la crisis.

En un mundo complejo y diverso, solo podemos identificar patrones generales. Una gran cantidad de otros factores, como la edad, la educación, los ingresos, las discapacidades y el origen étnico, se reflejarán en la experiencia de las personas al enfrentar la crisis provocada por la COVID-19. Esos factores se entrecruzan con el género e influyen en la vulnerabilidad y resiliencia de mujeres y hombres.

En lo que concierne a la salud, los hombres generalmente han padecido tasas más altas de mortalidad y de infección que las mujeres.  En la región de Asia meridional, más de 3 de cada 4 muertes relacionadas con la COVID-19 se produjeron entre hombres, y hasta un 61 % en América Latina y el Caribe y un 59 % en Oriente Medio y Norte de África. Las altas tasas de mortalidad masculina pueden tener también un impacto doloroso en los sobrevivientes, en particular en las mujeres que, muy probablemente, tienen ingresos más bajos y necesitarán recuperar lo que ganaba el varón que aportaba los ingresos.

Sin embargo, la salud de las mujeres se ha visto afectada de otras maneras. Tanto si se trata de una mujer en Armenia, Pakistán o Senegal, tenía más probabilidades que un hombre de experimentar estrés y preocupación relacionados con la COVID-19.  En Pakistán, el 82 % de las mujeres informaron haber sufrido síntomas de estrés debido a la COVID-19 en comparación con el 74 % de los hombres. En Senegal, las mujeres dijeron estar extremadamente preocupadas con más frecuencia que los hombres (56 % contra 46 %). En Armenia, los niveles de ansiedad fueron más altos entre las mujeres: el 43 % informó el nivel más grave en comparación con el 29 % entre los hombres.

Con respecto a la educación, encontramos poca evidencia de hipótesis anteriores de que las familias redirigirían los escasos recursos para priorizar la educación de los niños por sobre las niñas. Sin embargo, la evidencia sobre este tema es escasa, ya que aún no se dispone de datos comparables a nivel internacional de una gama más amplia de países sobre lo sucedido en contextos donde se volvieron a abrir las escuelas. Las previsiones indican que las diferencias de género en la deserción escolar debido a la crisis pueden diferir entre regiones y niveles de educación. Según proyecciones de la UNESCO de julio de 2020 (i), en la universidad, la enseñanza primaria y el primer ciclo de educación secundaria los niños corren un mayor riesgo de no regresar a clases que las niñas, mientras que lo contrario se aplica a la educación preescolar y el segundo ciclo de la escuela secundaria. Sin embargo, las niñas parecen ser especialmente vulnerables en ciertas regiones: en África al sur del Sahara, por ejemplo, se estima que una mayor proporción de niñas se ve afectada en todos los niveles educativos (excepto el preescolar). Las adolescentes enfrentan un riesgo particularmente alto de no regresar a la escuela tanto en África al sur del Sahara como en Asia meridional, donde vive la mayoría de los estudiantes en riesgo.

Cuando se trata del empleo, el género era importante y era más importante que la educación, la ubicación o la generación. Era más probable que las mujeres perdieran sus trabajos en los primeros meses de la crisis, como se muestra en un estudio reciente de Maurice Kugler y sus colegas (i), basado en datos armonizados derivados de encuestas telefónicas de alta frecuencia para 40 países, en su mayoría naciones en desarrollo. La probabilidad de que las trabajadoras perdieran su trabajo entre abril y junio de 2020 fue del 36 % en comparación con el 28 % entre los hombres.  En otro estudio sobre América Latina, las mujeres tenían un 44 % más de probabilidades de perder sus trabajos (i) al comienzo de la crisis en comparación con los hombres. Las pruebas de cómo evolucionó la pérdida de empleos entre hombres y mujeres después de la fase inicial de la pandemia son escasas todavía, pero los datos disponibles sugieren que las mujeres han tardado más en regresar al empleo remunerado que los hombres. En todos los países, las empresas con mujeres en cargos directivos superiores también parecen haber experimentado más impactos negativos que las dirigidas por hombres. Algunas de estas diferencias se relacionan con el hecho de que las mujeres han asumido la responsabilidad de las necesidades de cuidado adicionales con el cierre de las escuelas y el aumento de familiares enfermos, lo que restringe aún más su disponibilidad de tiempo y su capacidad para regresar al trabajo cuando las economías se reabren.

Además, las mujeres han sufrido pérdidas en términos de la seguridad personal. Si bien los datos no son fáciles de obtener, diferentes fuentes apuntan en la misma dirección: un aumento significativo de la violencia contra las mujeres. Se produjo un fuerte incremento de llamadas a las líneas de ayuda y un mayor número de casos en los registros de proveedores de servicios, en los informes policiales y en encuestas específicas sobre el tema. Por ejemplo: en Indonesia, el 83 % de los encuestados informó un aumento de la violencia de pareja en sus comunidades (PDF, en inglés) debido a la COVID-19. Al igual que en la educación, no tenemos una respuesta completa y consolidada cuando se trata de saber si la COVID-19 afectó y de qué manera las tasas de embarazo en la adolescencia y las tasas de matrimonio infantil. Necesitamos más y mejores datos, y los necesitamos con urgencia.

La escasez de datos limita la posibilidad de formular conclusiones claras un año después de la pandemia y afecta la calidad y profundidad de la información que se puede presentar. La información sobre los impactos socioeconómicos de la COVID-19 proviene en gran medida de encuestas a distancia, que plantean desafíos para medir las repercusiones en materia género de la COVID-19, incluidas aquellas relacionadas con la selección de encuestados, la duración de la encuesta y la cobertura de temas. Con respecto a la violencia contra las mujeres y las niñas, solo unas pocas encuestas han evaluado las tasas de denuncia de mujeres, mientras que la mayoría de las otras fuentes de datos se basan en proveedores de servicios, informes policiales o análisis de redes sociales. Además, la educación, el matrimonio infantil y el embarazo adolescente son dimensiones en las que los datos y los estudios son demasiado escasos para poder sacar conclusiones.

A pesar de esas salvedades, podemos ver claramente que la COVID-19 pone en peligro de diferentes maneras las vidas y los medios de subsistencia de hombres y mujeres.  Y lo que es más importante, ha suscitado preguntas sobre la mejor forma de responder para garantizar la resiliencia de todos en la recuperación de la pandemia. Los datos que tenemos han arrojado nueva luz sobre la igualdad de género y las experiencias desiguales durante la COVID-19. El desafío principal será ahora aprovechar estos nuevos datos y análisis y traducirlos en acciones de políticas que nos hagan salir de la crisis más fuertes y mejor preparados para el futuro. Las brechas de género en las dotaciones, las oportunidades económicas y la capacidad de acción antes de la pandemia se han ampliado en su mayoría a lo largo de esta crisis. Se necesita un esfuerzo concertado para empoderar a las mujeres y las niñas en todo el mundo, no solo para reducir y cerrar esas diferencias de género más amplias, sino también para evitar que las mujeres y las niñas vuelvan a quedar rezagadas en crisis posteriores.