Tres cosas imprescindibles para mantener el suministro de alimentos en una época de miedo y confusión

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Fuente: Banco Mundial

Ver los estantes de los supermercados temporalmente sin productos básicos siempre es inquietante. Si esto se combina con amplias prohibiciones para viajar que afectan a muchos países que combaten la pandemia de la COVID-19, resulta tentador pensar que la escasez está relacionada con un bajo abastecimiento de alimentos en el mundo. Pero ese, sencillamente, no es el caso.

Los niveles de producción y las existencias mundiales de alimentos básicos están en su punto más alto y los precios de la mayoría de los productos alimenticios se mantienen extraordinariamente estables desde 2015. Hay muchos alimentos para todos en el mundo. El riesgo real proviene de las restricciones a las exportaciones: un comportamiento de los países exportadores que debe detenerse con urgencia.  El mercado mundial de alimentos es una de las pocas cosas que se mantienen relativamente estables en estos días. Las políticas deben preservar esa estabilidad, no destruirla.

¿Qué significado tienen, entonces, los estantes vacíos? ¿Y qué podemos aprender del pasado, y unos de otros, para mantener el abastecimiento de alimentos en esta época de miedo y confusión provocada por el nuevo coronavirus? 

En primer lugar, debemos reconocer que los problemas locales —no el suministro mundial— son los responsables de los estantes vacíos en este momento. Es crítico hacer bien el diagnóstico si no queremos recetar el medicamento incorrecto. Durante el pico mundial de precios de los alimentos de 2007-08, las existencias mundiales de alimentos eran bajas y los precios del petróleo eran altos. En 2010-11, cuando los precios se dispararon por segunda vez, hubo importantes caídas en la producción relacionadas con el clima en los principales países exportadores. Hoy no es así. Con algunas excepciones localizadas, la producción de los principales alimentos básicos (trigo, arroz, maíz) es superior al promedio de los últimos cinco años, los precios del petróleo son bajos y las existencias mundiales de alimentos están en niveles históricos.

Los estantes vacíos son más bien el resultado de factores internos.  En todo el mundo, vemos a consumidores que realizan compras precautorias porque están preocupados por el futuro y desean abastecerse para alimentar a sus familias, ejerciendo una presión excepcional sobre ciertos productos. El cierre de restaurantes y la detención súbita del consumo de comidas fuera del hogar aumentaron las compras de alimentos en los puntos de venta mayoristas y minoristas, y las cadenas de suministro nacionales todavía se están reorientando hacia estos nuevos patrones de consumo. La disponibilidad de alimentos a nivel local se ve afectada también por la escasez de mano de obra agrícola y de procesamiento de alimentos, así como por la interrupción de los canales de distribución domésticos provocada por cierres de negocios y mercados, toques de queda y enfermedades relacionadas con la COVID-19. Por último, la posibilidad de las personas de comprar lo que está disponible se verá cada vez más limitada por la pérdida de ingresos resultante de los cierres de negocios y el desempleo masivo. La seguridad alimentaria no se ve afectada con mercados y supermercados bien abastecidos, por ello debemos preocuparnos por el poder adquisitivo interno de los más pobres. 

En segundo lugar, los países deben terminar con las prohibiciones a las exportaciones, ya que son una respuesta de políticas equivocada y con ellas se corre el riesgo de empeorar la situación. En la crisis de 2007-08, hasta un tercio de los países del mundo adoptó restricciones comerciales, aumentando los precios de los alimentos para todos. Se estima que el 45 % del aumento de los precios mundiales del arroz y casi el 30 % del incremento de los precios mundiales del trigo se debieron al proteccionismo comercial (PDF, en inglés). En la actualidad, se escuchan los primeros rumores sobre la prohibición temporal de las exportaciones provenientes de países de Europa oriental, Asia central y Asia. Si bien no han tenido todavía un impacto significativo en los flujos de exportación o en los precios mundiales de los alimentos porque representan solo una parte bastante pequeña de las exportaciones mundiales, es imprescindible que estas medidas proteccionistas se reviertan y no aumenten más. Dadas las existencias históricamente altas de alimentos, las prohibiciones a las exportaciones causarán daños innecesarios y solo exacerbarán los impactos económicos y sociales de la crisis de la COVID-19. 

En este aspecto, es alentador saber que los países comienzan a acatar los llamados a aplicar políticas concertadas y constructivas formulados en los últimos días por las Naciones Unidas (i), el Grupo de los Veinte (G-20) (PDF, en inglés), la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (i) y el Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (i) y toman medidas para revertir las prohibiciones a las exportaciones anunciadas anteriormente. Existe una responsabilidad colectiva de difundir información confiable sobre el estado de la producción mundial de alimentos para reducir decisiones comerciales basadas en datos erróneos  que pueden alterar un mercado mundial de alimentos estable y poner a los países importadores en grandes dificultades. A partir de las enseñanzas extraídas de la crisis de 2007-08, los ministros de Agricultura del G-20 crearon en 2011 el Sistema de Información sobre el Mercado Agrícola (AMIS, por sus siglas en inglés) para mejorar la transparencia del mercado y la coordinación conjunta de políticas en los mercados alimentarios. AMIS realiza evaluaciones del suministro mundial de alimentos y trabaja activamente con organismos internacionales y países del G-20, además de proporcionar una plataforma para una respuesta de políticas coordinada. (El último informe de seguimiento del mercado de AMIS se publicó el 2 de abril) (i).

En tercer lugar, podemos aprender de las buenas prácticas que han demostrado ser eficaces, así como de las enseñanzas recogidas de los países que enfrentan el nuevo coronavirus,  para permitir que los alimentos lleguen de las granjas a las mesas de una manera segura y asequible. En las condiciones actuales, las buenas prácticas incluyen:

  • entregar dinero a las personas a través de transferencias de efectivo específicas para que puedan comprar alimentos;
  • asegurar la entrega de alimentos para complementar las transferencias de efectivo como parte de las redes de seguridad social en zonas donde la disponibilidad de alimentos se ve gravemente interrumpida;
  • continuar proporcionando comidas escolares como paquetes “para llevar” para asegurar la nutrición de los niños vulnerables y sus familias, y transformar así a las escuelas en puntos de emergencia para la distribución de alimentos;
  • declarar los alimentos como productos básicos, y todos los servicios relacionados con los alimentos como esenciales;
  • abrir “canales verdes” para los alimentos, el comercio y los insumos agrícolas para garantizar que las cadenas de suministro se mantengan abiertas y funcionales;
  • garantizar el acceso y la disponibilidad de insumos agrícolas fundamentales (semillas, mano de obra, fertilizantes, maquinaria, etc.), manteniendo en funcionamiento las cadenas de suministro de insumos para garantizar la producción oportuna para la siguiente temporada de siembra y otorgando permisos especiales para la mano de obra migrante;
  • trabajar con empresas de logística alimentaria para desarrollar protocolos de exámenes médicos y proporcionar incentivos específicos, transparentes y con plazos definidos para contratar trabajadores para mantener el transporte y la logística de alimentos, incluidos los repartos a zonas alejadas y necesitadas;
  • revisar las regulaciones para permitir que los establecimientos de servicio de alimentación que han sido cerrados (restaurantes, centros de alimentos, empresas de comercio electrónico) vuelvan a reutilizar sus equipos y activos para entregar alimentos esenciales a las zonas que más los necesitan;
  • apoyar a las pequeñas y medianas empresas informales y formales relacionadas con el sector alimentario para que puedan mantener el flujo de caja y sobrevivir a las caídas de la demanda posiblemente catastróficas y, de esta manera, recuperarse cuando termine la crisis.

Al final del día, la alimentación es un asunto hiperlocal: ¿tengo dinero para mi próxima comida?  ¿En mi pueblo o ciudad hay comida a la venta hoy? ¿Dispongo de semillas para cultivar alimentos en la temporada que se avecina? En los países y regiones de todo el mundo, el Banco Mundial sigue de cerca las cadenas de suministro agrícola y la seguridad alimentaria en colaboración con los Gobiernos y otras organizaciones. Juntos, podemos asegurar que los países adopten las políticas y los programas adecuados para que los sistemas alimentarios sigan entregando servicios vitales todos los días, en todas partes, incluso en épocas de crisis.